¿Cómo tomamos decisiones cuando casi no tenemos certezas?
Esta es una pregunta que enfrentamos a diario y que atormenta a muchos en silencio. Buscamos (o se nos exigen) resultados, pero debemos conseguirlos en contextos de reglas que cambian permanentemente, de tendencias efímeras y de conductas impredecibles. Y ahí estamos: intentando tomar la mejor decisión posible mientras esperamos que nuestro buen juicio nos acerque a los resultados que buscamos.
A todos nos ha pasado de tener que actuar contando con información insuficiente:
- Aceptamos un nuevo trabajo sin saber cómo será la empresa dentro de dos años.
- Apostamos por una tecnología en detrimento de otras sin saber cuál será la que finalmente se imponga.
- Tomamos una decisión sobre nuestro equipo sin saber, a ciencia cierta, cuáles son las verdaderas aspiraciones de sus integrantes.
- Elegimos desarrollar una nueva habilidad sin saber si será realmente útil en el mercado el día de mañana.
Y aunque sabemos que la incertidumbre no desaparece por postergar nuestras decisiones, algunas personas terminan siendo víctimas de lo que se conoce como parálisis por análisis: tratar de comprender una situación con tanto nivel de detalle que la decisión, más que simplificarse, se nos hace cada vez más difícil. Algo parecido a lo que pasa cuando vas a comer a un restaurante con una carta de cien opciones: escoger un plato resulta infinitamente más complicado que en un modesto establecimiento que sólo prepara diez platos.
Entonces, si no podemos controlar lo que viene, ¿qué podemos hacer para tomar mejores decisiones?
Primero, lo que importa
Como planteó con maestría Simon Sinek en su libro Start with why, tener un por qué sólido clarifica muchísimo los cómos y los qué. Esto se traduce de un modo muy simple cuando tenemos que decidir en contextos de incertidumbre: tener claro qué es lo que deseamos cuidar. En otras palabras: cuál es el bien mayor que estamos persiguiendo con esta decisión.
Esto puede parecer algo simplista o evidente, pero en medio del bombardeo de variables que debemos a gestionar, no es raro que terminemos poniendo el foco en cuestiones que no hacen al problema de fondo.
En Coaching, a esto lo llamamos “perderse en la historia”. Como cuando alguien te comparte una dificultad recurrente y terminás dándole un consejo para resolver el caso más reciente, en vez de analizar qué patrones lo llevan a tropezar siempre con la misma piedra.
Como próximo paso, te propongo que ante una decisión importante te preguntes: ¿Qué es lo más importante que necesito cuidar con esta decisión?
Pensar en probabilidades
Si hablamos de contextos inciertos, existe una disciplina que puede salir a nuestro rescate: la estadística.
Al no saber cuál puede ser el curso que tomen los acontecimientos, lo más sensato que podemos hacer es plantear nuestras opciones y asignarles una probabilidad de ocurrencia.
Por ejemplo, si estoy haciendo una reasignación de tareas dentro de mi equipo pero pienso que un colaborador tiene un 70% de probabilidades de cambiar de trabajo o buscar una promoción pronto, posiblemente no sea lo más inteligente hacerlo responsable del proceso más crítico del área. En rigor, no sabemos si se irá o no, pero si tengo razones de peso para pensar que podría ocurrir, me ayudará ponerlo sobre la mesa.
Así, ponderando los potenciales beneficios y riesgos de cada escenario por su respectiva probabilidad de ocurrencia, vamos a poder echar un poco de luz a nuestra manera de decidir.
Esto podría parecer poco práctico en situaciones en las que las consecuencias no son fáciles de cuantificar, como en el ejemplo que te compartía unos párrafos arriba. Pero no la subestimes porque tiene un beneficio emocional mucho más importante que lo que insinúa.
Podemos estar equivocados en nuestras predicciones e imaginar escenarios que, al final, nunca terminan ocurriendo. De hecho, tendemos a hacerlo gracias a los tantos sesgos que operan en nuestra mente.
Pero cuando consideramos los posibles cursos que pueden tomar las cosas, el paso natural es prepararnos para ellos. “¿Qué pasaría si Juan deja el equipo? Bueno, mientras buscamos un reemplazo las tareas deberían redistribuirse de esta manera” es una conversación mental bastante razonable y poderosa. ¿Por qué? Porque los temores pierden gran parte de su fuerza cuando dejamos de imaginar escenarios y empezamos a prepararnos para ellos.
Cuando tenemos una idea de qué podríamos hacer frente a un escenario no deseado, nuestra ansiedad se reduce significativamente y podemos actuar sabiendo que tenemos un plan. Pase lo que pase.
Próximo paso: ¿Qué escenarios podrían presentarse y qué haría en cada uno?
No te juzgues con el diario del lunes
Hay un capítulo en mi libro, La ley del gol, que lleva el mismo título que esta sección. ¿De qué va? Precisamente de abandonar una práctica que todos utilizamos de tanto en tanto: juzgar nuestras decisiones únicamente a la luz de los resultados que obtenemos.
A veces nuestras decisiones nos conducirán al lugar que deseamos (esperemos que así sea). Y otras, no.
Pero si existe un error muy grande que, a veces, cometemos es juzgar nuestra capacidad decisoria únicamente por cómo salieron las cosas. Porque es verdad que nuestras elecciones afectan lo que conseguimos. Pero en contextos altamente cambiantes e inciertos, pudimos haber hecho la evaluación más exhaustiva de una situación para que, poco tiempo después, cambien las variables que no dependían de nosotros y todo termine patas para arriba. Para bien o para mal, porque también podemos decidir pésimamente y ser favorecidos por un golpe de la buena fortuna. Y en esos casos, no sería razonable arrogarnos ningún mérito.
A la hora de autoevaluar tu desempeño, entonces, te propongo que te hagas esta pregunta: ¿Con la información que tenía en ese momento, mi decisión fue razonable?
En síntesis, cuando todo es incierto, decidir en base a probabilidades no sólo nos arroja un poco de luz, sino que nos provee de un recurso invaluable: un plan. Esto calma nuestros nervios, baja nuestra ansiedad y nos permite transitar la incertidumbre con mayor bienestar.
Porque, al final de cuentas, no necesitamos tener certezas para avanzar. Necesitamos aprender a tomar buenas decisiones con la información que tenemos, prepararnos para lo que podría suceder y conservar la capacidad de corregir el rumbo cuando la realidad nos sorprenda. De eso se trata la Resiliencia Activa.
¿Cuáles son las decisiones que está postergando por no tener certezas?

