¿Cuánto tenés que sufrir para animarte a cambiar?

¿Cuánto tenés que sufrir?

Hay algo muy frecuente con lo que me encuentro en los procesos de coaching que lidero: personas súper competentes y capaces que quieren hacer un cambio en su vida profesional pero no terminan de dar el salto.

Bueno, vayamos por partes: tal vez no haga falta dar un salto,  sino unos primeros pequeños pasos que rompan con el estancamiento. Eso es lo primero que los aliento a hacer. Porque hacer un cambio profesional significativo podría ser intimidante. Mucho más si tenés responsabilidades familiares que atender y que dependen de tu ingreso. Por eso, unos primeros pasos que nos vayan orientando hacia nuestro objetivo pueden hacer por nosotros mucho más de lo que nos imaginamos.

Pero en ese momento es cuando pasamos a la segunda etapa del problema: a medida que  vamos perfilando el camino que queremos tomar, aparecen los cuestionamientos y las inseguridades personales. ¿Seré capaz de hacerlo? ¿No sería mejor quedarme donde estoy y no arriesgar todo lo que construí? ¿Y qué pasa si me va mal?

Me gustaría contarte una historia personal.

Un halago algo extraño

Recuerdo que cuando publiqué mi primer libro, Jaque al impostor, un exalumno de uno de mis talleres corporativos, con quien todavía me mantenía en contacto, me dijo algo así:

“¡Qué bueno que publicaste el libro! Me encanta que lo hayas hecho porque demuestra que todos podemos hacer algo así. Si vos, que sos un tipo común, pudiste…”.

A los pocos segundos, reculó sobre sus pasos y empezó a aclarar sus palabras, pensando que me había ofendido con lo que había dicho.

Pero no hacía falta porque yo había entendido perfectamente a qué se refería. No me estaba diciendo que era un incompetente que había sido capaz de publicar un libro y que, si alguien con tan poco brillo lo había hecho, cualquiera podría.

No, me estaba diciendo lo que trato de hacerles ver a muchos de mis clientes desde hace más de una década: que las personas que consiguen sus objetivos no son intrínsecamente diferentes sino que hacen cosas diferentes.

Entonces, la pregunta que cae por su propio peso es… si cualquiera puede alcanzar sus metas haciendo lo necesario… ¿por qué no lo hace todo el mundo?

La fórmula de la transformación

Existe un fenómeno estudiado por la Psicología conocido como «adaptación hedónica», que describe cómo, con el paso del tiempo, podemos acostumbrarnos a experiencias que inicialmente nos generan mucha satisfacción, haciendo que su impacto emocional disminuya.

Si alguna vez recibiste un jugoso aumento de sueldo, es muy probable que durante las primeras semanas te hayas sentido muy feliz. Pero no mucho tiempo después, seguro que ese nuevo sueldo había pasado a formar parte de tu paisaje laboral y el placer que te reportaba ya había mermado. Es decir, te habías acostumbrado a él y al estilo de vida que te permitía llevar.

Resulta que las personas nos adaptamos fácilmente a ciertas comodidades, aunque no hayamos disfrutado de ellas durante la mayor parte de nuestras vidas. Y ante la posibilidad de encarar un proyecto nuevo que las ponga en riesgo, podríamos preferir quedarnos en el lugar antes que arriesgar lo conseguido. Esta es una razón muy válida y extendida por la que tantos sueños y proyectos quedan por el camino.

Pero hay otra cara de esta capacidad de adaptación: así como nos acostumbramos a las comodidades que alguna vez nos parecieron extraordinarias, también podemos descubrir que las incomodidades que inicialmente nos asustan son mucho más tolerables de lo que imaginábamos. No pierdas de vista esta idea que pronto vamos a volver a ella…

En mi experiencia como coach, identifiqué un motor del cambio muy potente, aunque no necesariamente el más deseable: la desesperación. De forma llana, no tolerar más una situación para, finalmente, hacer algo por cambiarla. Muchas veces, necesitamos que el malestar de permanecer donde estamos supere el miedo a cambiar.

Pero esto todavía no es suficiente: el «filósofo» Javier Mascherano, líder de la Selección argentina de fútbol durante el Mundial 2014, alentó a sus compañeros a vencer, antes del partido de cuartos de final frente a Bélgica, porque estaba «cansado de comer mierda». Una reflexión tan profunda como vulgar porque, como hasta a la mierda nos podemos adaptar, necesitamos sumar una cuota extra de dolor: el cansancio.

Es cuando ya no toleramos más una situación que finalmente nos decidimos a hacer algo para cambiarla.

Y acá es donde el concepto de adaptación hedónica puede salir a nuestro rescate: las personas no solo nos adaptamos a un estilo de vida superior, también podemos hacerlo a las incomodidades.

Seguramente te acuerdes de esa expresión que se volvió tan popular durante la pandemia de la COVID-19: «la nueva normalidad».

¿Acaso no te adaptaste a un nuevo estilo de vida cuando las circunstancias te obligaron a hacerlo?

«Es que tenía la ilusión de que fuese temporal», me responderás.

Precisamente, ahí es adonde voy: muchas de las dificultades que enfrentamos durante un proceso de cambio tampoco tienen por qué ser permanentes.

En primer lugar, porque después de un período de adaptación, puede irte bien (seamos un poco optimistas, ¿no?). Y segundo porque, aun si las cosas no salen exactamente como lo deseás, las personas podemos adaptarnos a casi todo. O, por lo menos, adaptarnos a tolerar, aprender o resolver mucho más de lo que nos creemos capaces.

¿Qué estás esperando que se vuelva insoportable para empezar a cambiarlo?

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