Las 2 formas de alcanzar tus objetivos

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Vivimos en tiempos muy curiosos, en los que, incluso en países que tienen amplios espacios de mejora, se combina una exuberante abundancia de bienes y servicios con una masiva ola de desencanto profesional. Tenemos acceso a bienes y servicios que hubiesen sido inimaginables para nuestros abuelos y, sin embargo, muchas personas pasan sus vidas en una inextinguible angustia causada por una simple razón: a sus días les falta sentido.

Muchos hemos escogido nuestras profesiones priorizando como factor decisorio la bendita “salida laboral”, es decir, actividades que nos aseguren, o al menos faciliten, el acceso a los recursos que necesitamos para vivir. Pero, pasados unos años, nos damos cuenta de que no solo de pagar las cuentas vive el hombre (ni la mujer) y que un trabajo sin sentido conduce a días sin sentido, los que, acumulados, crean una vida sin sentido.

Mientras tanto, en algún lugar de nuestro interior, comenzamos a albergar ilusiones de un futuro mejor. “¡Cómo pondría un bar en la playa!”, declaran algunos frente a sus amigos. “Si solo tuviera una vida más equilibrada”, sueñan otros. Pero, para la mayoría, estas y tantas otras frases quedan en una quimera. ¿Por qué? Por estas dos razones:

Las únicas dos razones

Durante los años que llevo trabajando como coach de desarrollo de carrera, me encontré con infinidad de personas que aspiraban a una vida profesional diferente. Algunos consiguieron hacer un cambio significativo en sus vidas, mientras que otros lograron contemplar sus profesiones de un modo más apreciativo. En cualquiera de los dos casos, salieron ganando.

Pero lo que unía a todos ellos eran dos razones que les impedían dar el salto hacia adelante y alcanzar sus objetivos: las historias que se contaban acerca de sí mismos y su deseo de gratificación inmediata.

Maldita identidad

Si existe una fuerza poderosa en nuestras vidas, capaz de moldear todo lo que hacemos, es nuestra identidad. Las personas necesitamos ser coherentes con quienes creemos ser y somos capaces de hacer las cosas más disparatadas con tal de lograrlo. El hecho es que una fuerte identidad nos ofrece un terreno firme en el que sostenernos, pero también nos enraíza.

Y así, sin darnos cuenta, comenzamos a tejer una telaraña de la que luego nos es muy difícil escapar. Desde creencias que compré en mi infancia (“no soy buenos para los números”), hasta mandatos familiares (“venderse así mismo es poco digno, a uno deberían valorarlo por lo que es”), pasando por una visión acotada de nuestras habilidades (“los diseñadores solo sabemos diseñar no comercializar nuestras obras”), nos contamos una infinidad de historias que no hacen más que poner nuestro techo bien bajo, apenas por encima de nuestro pelo.

La solución de fondo, entonces, pasa por empezar a redefinir nuestra propia identidad. No desde la mirada inocente y voluntarista del “yo puedo”, sino desde el reobservar y ponderar nuestras propias historias personales a la luz de los hechos. ¿De verdad soy malo para los números? ¿Y cómo es que llevo prolijamente mis finanzas personales? ¿Venderse a sí mismo es poco digno? ¿Y de qué otra manera podría dar a conocer mis habilidades? ¿Los diseñadores (o contadores, o arquitectos, o ingenieros, etc) no saben vender su trabajo? ¿No conocés ninguno que ya lo esté haciendo? Cuando desafiamos nuestras creencias y nuestra identidad personal, empiezan a aparecer delante de nuestros ojos las oportunidades que siempre estuvieron ahí, pero que éramos incapaces de reconocer.

En este sentido, siempre vienen bien un par de ojos adicionales, alguien que te ayude a contemplar y desafiar tus propias historias. Un amigo de esos que te dicen lo que no querés escuchar, un mentor, un colega. Cualquier persona que pueda ofrecerte una mirada fresca bastará.

¡Lo quiero ya!

La segunda razón para no alcanzar nuestras metas tiene que ver con nuestro deseo de gratificación instantánea. Vivimos en la era de Internet, donde dos movimientos de nuestro pulgar nos transportan al otro extremo del planeta. No es raro, entonces, que la paciencia no sea uno de nuestros mayores atributos. Y así, cuando elegimos un camino y no obtenemos en seguida los resultados que esperamos, se nos da fácil buscar atajos que, por lo general, terminan desbaratando todo lo que construimos hasta el momento.

Esto lo cuento por experiencia propia: cuando inicié mi camino como profesional independiente en el rubro del entrenamiento y el coaching, me tomó bastante tiempo hacerme de una reputación y una clientela. Y, en mi intento de salir adelante y alcanzar el mínimo nivel de éxito que buscaba, incorporé a mi cartera servicios que no tenían nada que ver conmigo, pero que aseguraban cierto flujo financiero. Sin embargo, lejos de proveerme la gratificación que buscaba, fueron un paliativo de corto plazo que solo me retrasó en regresar al camino que había trazado originalmente. Creía estar tomando un atajo pero, en realidad, me estaba disparando en los pies.

Cuando comenzamos a poner nuestra energía de manera sostenida en un proyecto, los primeros avances pueden parecer insignificantes. Pero si somos consistentes en el tiempo, esas pequeñas victorias comenzarán a acumularse hasta generar avalanchas de progreso. Un pequeño cliente satisfecho que termina refiriéndonos tres nuevos clientes, esa presentación ad-honorem que, años más tarde, te abre una enorme puerta profesional. Estas cosas no solo existen, sino que son la regla para aquellos que se mantienen en su camino. Pero no podremos cosechar esos frutos si saltamos de proyecto en proyecto sin un norte claro.

¿Por qué no yo?

Dedico un capítulo completo de mi libro, Jaque al Impostor, a desbaratar la más dañina de las historias que podemos contarnos: creer que somos distintos a aquellas personas que logran lo que se proponen, profesional o personalmente. Las personas que tienen éxitos no son diferentes; hacen cosas diferentes. Y lo que hacen no siempre es complejo, pero sólo está al alcance de todos aquellos que estén dispuestos a comprometerse con sus aspiraciones.

Solo dos cosas te separan de eso que te proponés: tu identidad y tu deseo de gratificación instantánea. Cambiarlas es el paso más importante para alcanzar tus objetivos.

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