Ideas & Pensamientos

Cómo Los Grandes Líderes Inspiran A La Acción

Compartimos esta maravillosa charla de Simon Sinek en TEDx. Vale cada segundo de duración.
 


 
¿Te gustó? ¿Te sirvió? ¡Compartilo!
 

 

 

Mi Jefe Tiene La Edad De Mi Hijo

Cuando hablamos de Diversidad Generacional, lo más frecuente es que los consultores llenemos hojas y pasemos horas hablando acerca de la Generación Y y los desafíos que trajo aparejada su irrupción en el ámbito laboral.
 
Sin embargo, limitar la “conversación” exclusivamente a lo que ocurre desde que este grupo se incorporó al mercado es, de alguna manera, dejar pasar la posibilidad de analizar otras situaciones que son una realidad en muchas organizaciones. Puntualmente, nos referimos al hecho de que, en no pocos casos, miembros de una de las generaciones “más nuevas” (X y, cada vez más, Y) se encuentran liderando equipos integrados por colaboradores cuyos hijos veían los mismos dibujitos animados que ellos.
 
Aunque a muchos les cueste reconocerlo públicamente, liderar a generaciones mayores puede llegar a ser algo realmente incómodo, sobre todo al principio. Sin embargo, la proliferación de emprendimientos y el ascenso meteórico de algunos jóvenes prometedores ha vuelto de esta circunstancia algo muy frecuente.
 
¿Cómo pueden hacer estos jóvenes líderes para conducir a un equipo con integrantes mucho más experimentados que ellos? Compartimos algunos consejos:
 

  • Respetar la experiencia e incorporarla: si uno desea ganarse el respeto de otra persona, debe ser el primero en mostrar respeto hacia el prójimo. Quienes se encuentren liderando a gente más experimentada deben comprender que es totalmente normal pedirles su ayuda u opinión. De hecho, es también algo muy apreciado. Pero no solo es importante pedir un punto de vista, sino también estar dispuesto a incorporarlo si consideramos que es la solución al asunto que estamos tratando de resolver.
  • No preocuparse por ser visto como un chico: para un Baby Boomer, aún el GenY más maduro será siempre un chico, así como para éste hasta el Baby Boomer con más onda será siempre un anciano (podemos excluir de esta lista a Mick Jagger y a Madonna… creo que a nadie más). Por lo tanto, no hay que tomárselo a pecho y comprender que en la mayoría de los casos, la intención del colaborador no es tratar a su jefe como un chico, sino mostrarle una situación que, de otra forma, aprendería a los golpes.
  • Demostrar que se puede aprender: el problema no es equivocarse. El problema es no querer demostrar que, cuando uno (inevitablemente) se equivoca, pudo capitalizar ese error para no cometerlo nuevamente.
  • No asumir que las cosas son siempre como uno las ve: así como hoy en día todos se están adaptando a la impronta de los jóvenes GenY, es razonable que cuando le toque estar “del otro lado del mostrador” y supervisar a alguien mayor, sea el joven Y (o X) quien deba comprender y adaptarse al estilo e impronta de sus colaboradores.
  • Sacar provecho: que no se malinterprete, no queremos decir “aprovecharse”, sino capitalizar sus virtudes y su experiencia en las situaciones en las que éstas pueden favorecer el cumplimiento de nuestros objetivos. Por lo general, la experiencia vende. A aquel joven líder que le toque supervisar a un vendedor mucho mayor que él, puede resultarle sumamente útil mantener un perfil bajo durante la firma de un contrato importante y dejar que “las canas” de su colaborador concreten el negocio.

 
Esperamos que estos tips les sirvan a todos aquellos que se enfrentan al desafío de conducir a gente de generaciones mayores.
 
¿Te gustó? ¿Te sirvió? ¡Compartilo!
 

 

 

Poder Decir Que “No”


Cuando se estudian cuestiones vinculadas al Coaching (en particular si leímos “La Ontología del Lenguaje”) aprendemos acerca de la declaración del “no” y algunas de las realidades que la misma puede crear. El concepto, en la taoría, se muestra muy romántico, maravilloso, a veces hasta revelador, pero a la hora de llevarlo a la práctica, lo más frecuente es no saber o no poder decirlo.
 
Independientemente de la procedencia de nuestros ancestros, quienes hemos sido criados en culturas con un fuerte sesgo latino, tenemos una particular dificultad para decir que “no” a lo que nos piden. ¿Por qué este simple monosílabo se nos hace tan esquivo? Por una simple y (generalmente) inconsciente razón: deseamos que nos acepten y, si es posible, que nos quieran.
 
Cuando uno le dice que “no” al otro, de algún modo siente que lo está desilusionando o defraudando, cuando en realidad, es sólo una de las posibles respuestas a su pedido. Quien pide algo debería hacerlo bajo la aceptación de que la respuesta que reciba a dicho pedido puede ser afirmativa o negativa. Pero lógico como pueda esto parecer, en los hechos nos cuesta muchísimo negarnos a un pedido… al punto tal que, si tenemos la posibilidad de hacerlo, somos capaces de evitar siquiera responder a ese pedido, con tal de no decir que “no” (¿a alguien le resulta familiar no responder un mail cuya respuesta debería ser un categórico “no”?).
 
Aprender a decir que “no” nos otorga muchísimo poder y credibilidad. Al principio puede resultar poco simpático frente a nuestro interlocutor, pero cuando uno puede fundamental su negativa con argumentos valederos, terminará obteniendo prestigio y reputación de ser una persona responsable. Imaginemos una típica situación laboral:
 
Me encuentro “tapado” de trabajo, con el tiempo justo para armar una presentación para el día viernes. Un colega, con quien salgo a almorzar a diario y con quien tengo una excelente relación, me pide si le puedo dar una mano para controlar un proyecto que le encomendaron (“cuatro ojos ven más que dos”, es su argumento). En esta oportunidad, realmente carezco del tiempo para ayudarlo, pero no quiero quedar mal con él… si comemos juntos todos los días. Tener que aguantarme su “cara larga” durante los próximos cinco almuerzos…. ¡Qué horror! Entonces le digo que “sí”, que lo voy a ayudar. Su proyecto es mi prioridad número 367.821 en este momento, así que lo veré cuando tenga un ratito… pero ese ratito nunca llega. Quien sí llega, entonces, es mi colega, que ya apremiado para presentar su proyecto me consulta mi opinión sobre el mismo, a lo que necesariamente deberé responderle que no tuve tiempo para dedicarle.
 
¿Qué produje en mi colega? Posiblemente, desilusión, frustración y hasta enojo. Precisamente lo que quería evitar al decirle “sí” a su pedido. Es probable que si oportunamente le hubiera explicado las razones por las que no podía ayudarlo, me hubiera comprendido luego de asimilar el primer impacto de mi negativa. Y hubiéramos quedamos en buenos términos, de todos modos. Ahora mi colega está enojado… pero tiene razones para estarlo.
 
Por eso es tan importante aprender a decir que “no” y queremos compartir 4 pasos simples para lograrlo. No es una fórmula mágica; como todo, requiere práctica. Pero es tan simple que en sólo unos días podemos dominarla por completo, si tenemos la voluntad de hacerlo:

    1. Escuchar atentamente lo que se nos pide.
    2. Decir “no”, si consideramos que es la respuesta que cabe a la situación.
    3. Explicar por qué se dice que “no”.
    4. Proponer otra alternativa.

Si sabemos decir que “no”, cuando consideremos que es lo que corresponde y lo podamos argumentar, evitaremos malos entendidos, frustraciones, enojos y hasta que nos quiten tiempo valioso que desearíamos dedicar a otra cosa. Y si, erróneamente, sentimos que nos dejarán de querer, olvidémonos de eso… el cariño, el amor y el aprecio se fundan en otras cuestiones.
 

 

 

Si Querés Cumplirlo, Escribilo


Existen muchas técnicas que podemos implementar para incrementar nuestra productividad y administrar más eficientemente nuestro tiempo en épocas en las que no contar con este recursos suele ser la regla. Algunas son más simples y otras más profundas, pero pocas nos comprometen tanto con el cumplimiento de un objetivo como el simple y milenario hecho de escribirlo. Dice Robin Sharma: “Las cosas que se agendan, son las cosas que se hacen”. Sí, algo tan simple como escribir un objetivo, anotarlo, dispara de un modo insospechado nuestro nivel de compromiso con su cumplimiento.
 
Podemos valernos de papel y lápiz o de cualquier dispositivo electrónico que usemos con regularidad (smartphone, tablet, notebook, etc). El verdadero valor está en anotarlo en algún lugar al que regresemos con frecuencia, y en generar el hábito de hacerlo.
 
¿Por qué algo tan simple puede tener implicancias tan positivas sobre nuestra productividad? Compartimos algunas de las razones que dan sustento a esta recomendación:
 

  • Apuntar una tarea le otorga inmediatamente un status mayor que el de cualquier otro pensamiento que se cruce por nuestra mente.
  • Registrar una tarea nos ayuda a no olvidarla en medio del bombardeo de información al que estamos expuestos diariamente.
  • El saber que una tarea se encuentra asentada en un lugar confiable y fácilmente identificable (nuestra libreta preferida, nuestro Outlook, etc.) libera nuestra mente de la preocupación de saber que “teníamos algo que hacer” pero no recordar de qué se trataba.
  • Pocas cosas motivan más que tachar una tarea de una lista de pendientes, sabiendo que fue tratada con diligencia.

 
¿Básico? ¿Obvio? Invito al incrédulo a probarlo, pero a probarlo en serio, con compromiso. Anotemos todas las cosas que queremos lograr durante esta semana en un lugar confiable, que no olvidemos. Les aseguro que los resultados los van a sorprender.
 
¿Te gustó? ¿Te sirvió? ¡Compartilo!
 

 

 

¿Por qué los uruguayos juegan tan bien al fútbol (y qué tiene eso que ver con el Liderazgo…)?

Lo confieso: el fútbol es mi pasión. El único lugar donde preferiría estar por sobre donde estoy es jugando en la primera división del club del que soy hincha. Por una cuestión cronológica ya es un poco tarde para eso, pero mi pasión no disminuyó ni un ápice. El fútbol sigue apasionándome como cuando era un chico.
 
Y para quienes nos gusta el fútbol, existe un compendio de mitos, frases hechas y leyendas que giran a su alrededor y que parecieran no tener una respuesta cierta y definitiva: “El 2 a 0 es el peor resultado”, “Dos cabezazos en el área es gol”, ¿Quién fue mejor, Maradona o Pelé?, entre otras.
 
Otra de las cuestiones cuasi mágicas que giran en torno al fútbol me recordó mucho a un libro que leí hace poco y que creo que nos deja un mensaje en cuanto a lo que es nuestro liderazgo personal. ¿De qué estoy hablando? Concretamente, de la increíble cantidad de futbolistas talentosos nacidos en Uruguay, un país con poco más de 3 millones de habitantes (la mitad de los cuales son mujeres). Los “futboleros” solemos tratar con cierta incredulidad y admiración este tema, como algo casi inexplicable. ¿Cómo puede ser que Uruguay tenga tantos éxitos como Selección y sus jugadores estén dispersos por las mejores ligas del mundo, si son tan poquitos? ¿Acaso son todos unos fenómenos? ¡Qué sería de los demás países si hubiera 300 millones de uruguayos en lugar de ser 3 millones; jugaríamos todos por el segundo puesto! Todo esto suena tan lógico como incomprobable, pero… ¿es tan así?
 

Los jugadores uruguayos, levantando la Copa América 2011


Hace unos meses, casualmente veraneando en Uruguay, leí el maravilloso libro del periodista canadiense Malcolm Gladwell titulado Outliers, The Story of Success. En resumidas cuentas, el libro demuestra a través de una investigación muy bien lograda cómo surgen y en ocasiones se construyen los Outliers, es decir, los fenómenos de cada profesión, aquellas personas que se distancian notoriamente de sus pares. Y lo que demuestra Gladwell es que no importa cuán capaz sea el personaje que estudiemos, por más inteligente, trabajador y voluntarioso que sea, su ascenso a la constelación de estrellas de su profesión no hubiera sido posible sin un contexto que le allanara el camino. Así de terminantes son las conclusiones del libro: sin un contexto propicio, ciertos éxitos son más que improbables.
 
Toma, por ejemplo, el caso del mismísimo Bill Gates, reconocido mundialmente como un verdadero genio y un visionario. Bill Gates estuvo en el lugar y en el momento justo para desarrollar en BASIC un interpretador capaz de correr sobre el equipo Altair 8800, en lo que fue el nacimiento de Microsoft y la piedra fundacional de su éxito. No caben dudas de que trabajó arduamente y que tuvo muchísimo mérito para convencer a los desarrolladores del Altair de que él tenía la solución a todos sus males, pero ¿cómo fue capaz de hacer eso un chico de sólo 20 años? Lo que no todos saben acerca de la historia de Bill Gates es que cuando tenía 8 años, el “club de Madres” del colegio al que él asistía, un colegio para chicos de familias privilegiadas económicamente, adquirió una computadora a la que el joven Bill tuvo acceso irrestricto para aprender a programar en BASIC, casualmente el mismo lenguaje que utilizaría más tarde con el Altair 8800. ¡Pero qué fácil que es restarle mérito a Bill Gates! Si sólo tener acceso a esta computadora garantizara el éxito, ¿por qué no tuvieron la misma idea muchos otros chicos de su edad? Cabe recordar que esto sucedió en el año 1968, época en la que una computadora ocupaba una habitación y su costo era prohibitivo para la enorme mayoría de los mortales. Pero también cabe mencionar que el resto de los compañeros del pequeño Bill no tuvieron el mismo acceso que tuvo él a dicho equipo, ya que él fue exceptuado (en condiciones poco claras) de su clase de Matemática para poder desarrollar sus habilidades como programador.
 
¡Por supuesto que Bill Gates tuvo su mérito! Fue él quien pasó horas frente a esa pantalla aprendiendo a programar, fue él quien tuvo la iniciativa de vender su interpretador a los desarrolladores del Altair y fue él quien tuvo la sagacidad comercial de hacer de eso un verdadero imperio. Pero él mismo reconoció en una entrevista sentirse muy afortunado de haber tenido acceso ilimitado a una computadora en el año 1968, algo que posiblemente le ocurriera a un chico de entre varios millones.
 
Pero la investigación de Gladwell no se quedó en Bill Gates, sino que pasó por Steve Jobs, por los abogados más caros y selectos de Nueva York y por los jugadores profesionales de hockey sobre hielo de la liga Canadiense. Todos Outliers de sus respectivas profesiones. Y sobre estos últimos, demostró que por la forma en que está estructurado el sistema de selección de jóvenes talentos, cuando las futuras estrellas de este deporte son solo niños de 5 ó 6 años, no llegan a ser profesionales necesariamente los más talentosos, sino aquellos que nacieron primero. Es decir, si para una determinada categoría se elige entre chicos que nacieron en el año 2007, cerca del 70% de ellos habrán nacido entre los meses de enero y abril, es decir más cerca del comienzo del año. Esto hace que los elegidos no sean necesariamente los más talentosos, sino los más desarrollados físicamente (en niños tan chicos, medio año puede representar una enormidad en su desarrollo físico). Entonces son casi siempre los más grandes de edad quienes quedan seleccionados y, por lo tanto, quienes tienen acceso durante años a mejores métodos de entrenamiento, mayor seguimiento de sus entrenadores y mayores recursos para desarrollar sus habilidades como jugadores de hockey. Así llegan a ser profesionales de ese deporte. Esto me hizo pensar sobre nuestros hermanos uruguayos y su (ahora cada vez menos) inexplicable talento para el fútbol…
 
Argentina es un país cuya población es unas 12 veces mayor que la de Uruguay (40.117.096 contra 3.286.314 de habitantes)… si asumimos que en ambos países el fútbol es el deporte preferido de la gente, que física y culturalmente nos parecemos y que los métodos de entrenamiento son relativamente similares en ambas orillas del Río de la Plata, Argentina debería tener, en promedio, 12 veces más jugadores de elite que Uruguay. Sería razonable, a no ser que los uruguayos fueran verdaderos fenómenos. Pero Malcolm Gladwell nos demuestra que aún los fenómenos necesitan de un contexto favorable para desarrollarse.
 
Ahora, ¿qué nos muestra la realidad? ¿Tenemos los argentinos 12 veces más jugadores de elite que Uruguay? Analicemos las, posiblemente, 4 ligas de fútbol más importantes de Europa, donde juegan los mejores de los mejores, para esta temporada 2012-2013. ¿Cuántos uruguayos y cuántos argentinos juegan en cada una de ellas?
 

Claramente, no hay 12 veces más argentinos que uruguayos en las ligas de elite. La conclusión sería terminante en una charla, mate de por medio, que se desarrolla en una playa de Maldonado, Rocha o Canelones: ¡Los uruguayos son mejores que los argentinos! No nos precipitemos:
 
Es razonable esperar que los jugadores que mejor se desarrollan física y técnicamente, tanto en la Argentina como en Uruguay, sean aquellos que pasan sus años de formación en los clubes de las dos categorías más importantes, la A y la B. Esos chicos son entrenados durante años con métodos de primera, se los cuida, se los alimenta y finalmente algunos de ellos llegan a ser profesionales para luego, los mejores de los mejores, ser transferidos a Europa.
 
Pero si Argentina es un país 12 veces más grande que Uruguay, ¿tiene 12 veces más equipos en sus dos principales categorías? Analicemos los datos:
 

Los números hablan por sí mismos. Argentina, teniendo una población 1200% mayor que la uruguaya, tiene sólo un 33% más de equipos de elite. Es decir, la cantidad de chicos que acceden a los mejores métodos de entrenamiento es sólo un 33% mayor que en Uruguay.
 
Lo que esto demuestra es que cuando de acceder a ser futbolista profesional se trata, Uruguay da más oportunidades que la Argentina. O sea, no se trata de que sean todos unos fenómenos, se trata de que en Argentina quedan más chicos en el camino porque las chances de jugar para los mejores equipos son mucho más remotas. Así (y con el trabajo y la pasión que consideramos dados en este análisis) llega un país de 3.000.000 de habitantes a tener tantos jugadores de elite.

Muy interesantes todos estos datos pero… ¿qué tienen que ver con el Liderazgo?

Cuando hablamos de liderazgo personal, solemos poner el énfasis en la importancia de no usar al contexto como excusa. Nos decimos: “¿Qué hago yo, a pesar del contexto, para seguir creciendo y ser cada día mejor en lo mío?” En términos de autoliderazgo, culpar al contexto de todos nuestros fracasos es para mediocres.
 
Ahora… ¿podemos etiquetar de mediocre a un chico argentino que no llegó a ser futbolista profesional, comparándolo con un chico uruguayo de habilidades similares que sí lo logró? ¿Tuvieron ambos las mismas oportunidades? Está claro que no.
 
Por eso creo que cuando de ejercer un liderazgo sobre nuestras vidas se trata, no debemos escudarnos en que nuestras circunstancias no fueron las más favorables, debemos buscar todas las formas posibles de superar las adversidades que se nos presenten. Pero tampoco podemos desconocer la importancia que ciertos contextos tienen sobre nuestro desarrollo.
 
Es por esta razón que creo que toda aquella persona que se preocupe honestamente por su propio crecimiento, debería buscar por todos los medios la forma de acceder a los contextos más propicios para alcanzar sus metas. No estoy diciendo que sea sencillo, pero entender cómo éstos pueden influir sobre nuestros planes nos evitará muchos disgustos y nos allanará el camino en la consecución de nuestros sueños.
 
Nota personal: ¡De haber leído Outliers hace 20 años! Me hubiera probado en todos los clubes de fútbol de Uruguay. Ya fue, me lo agendo para otra vida.
 
¿Te gustó? ¿Te sirvió? ¡Compartilo!
 

 

 

Emprendedores de Papel


Vivimos en una época en la que, por distintas razones, mucha gente sueña con dejar su empleo e iniciar su propia aventura emprendedora. Muchos lo hacen, con distintos grados de éxito, mientras que otros no logran quebrar ese miedo a lanzarse al vacío en busca de ese proyecto y ese tipo de vida que anhelan.
 
Razones para que esto ocurra hay miles, pero a medida que hablo con gente que tiene dentro la “llama emprendedora” pero no se anima a avivarla, me doy cuenta que una de las principales razones por las que muchas personas no emprenden está vinculada a los modelos de éxito que actualmente nos muestra la sociedad. Vemos jóvenes “empresarios” que desarrollan un producto sin precedentes en nuestro mercado, nos muestran triunfadores que trabajan de jean y zapatillas y parecen llevar una vida mucho más tranquila que la nuestra y nos preguntamos cómo podríamos nosotros, que sólo contamos con un puñado de habilidades y buenas intenciones, parecernos a semejantes “adelantados”. Bueno, me gustaría desmitificar un poquito este tema; quizás sirva para romper algunos paradigmas.
 
Durante el último año, tuve la suerte de vincularme con varios “emprendedores exitosos”, esos modelos a quienes todos querríamos parecernos. Pude charlar con ellos, conocer un poco más acerca de sus proyectos y aprender algunas lecciones muy valiosas. Sin embargo, para mi sorpresa, muchos resultaron ser lo que me gusta definir como Emprendedores de Papel. ¿Quiénes son estos pintorescos personajes?
 
Se trata de jóvenes (algunos ya no tan jóvenes) que se mueven en una especie de cofradía informal denominada “ecosistema emprendedor”. Es gente que tiene muchas ideas y en algunos casos llegan a plasmarlas en negocios concretos, pero que por sobre todas las cosas, venden una imagen. Y lamentablemente, esa imagen no siempre representa fielmente la realidad de sus proyectos, y eso es precisamente lo que desalienta a mucha gente a comenzar sus propios negocios.
 
Estos Emprendedores de Papel, generalmente, buscan ideas disruptivas, que tengan algún grado de innovación y denostan a aquellos proyectos que ofrezcan algo que ya existe, sin importar si ese proyecto logra uno de sus objetivos más básicos: proveerle sustento económico al emprendedor que lo lleva a cabo. Se aplauden entre ellos, se felicitan mutuamente y adoran a los mismos ídolos (Steve Jobs, el dios supremo). Nada tiene de malo todo esto, si no fuera porque en muchos casos sus proyectos dependen frágilmente de circunstancias que escapan por completo a su control… dependen para prosperar de que los planetas se alineen en el momento justo. Y no solo eso: sus proyectos no generan ingresos, no pueden vivir a través de su trabajo. Si quien emprende lo hace por amor al arte y no necesita que su trabajo le provea un ingreso periódico, excelente por él o ella, pero no creo que generar pérdidas sea la esencia de una aventura empresarial, al menos en un sistema Capitalista.
 
Lo que ocurre, entonces, es que cuando uno no está dentro de este “ecosistema emprendedor” y ve la situación desde afuera, puede llegar a confundirse y creer que no tiene nada valioso para ofrecer. “¿Cómo me voy a poner a cocinar tortas en casa y venderlas ‘a pulmón’? ¡Mirá lo que hace esta otra gente!”, se dicen algunos a sí mismos, y cajonean su sueño de hacer de su pasión por la pastelería un medio de vida, por poner un simple ejemplo.
 
Por eso, me gustaría que más gente se anime a ir por su propio proyecto personal y no confunda proyectos que son muy valiosos desde el punto de vista de la innovación con proyectos sustentables en el largo plazo. Algunos de los proyectos de los Emprendedores de Papel tendrán éxito, y está bueno que así ocurra porque seguramente nos ofrecerán alguna nueva solución a nuestras necesidades, pero estén seguros de que no es la única forma de emprender y mejorar nuestra propia vida.
 
¿Te gustó? ¿Te sirvió? ¡Compartilo!
 

 

 

Macroeconomía y Autoliderazgo


Una de las primeras materias con las que me recibió la Facultad de Ciencias Económicas fue Macroeconomía. Y de todos los conceptos que aprendí durante los cuatro meses que duró la cursada, uno de los que más me quedó grabado fue la denominada Frontera de Posibilidades de Producción (FPP). Esta refleja las cantidades máximas de bienes y servicios que una sociedad es capaz de producir en un determinado período, a partir de unos factores de producción y unos conocimientos tecnológicos dados. En otras palabras, nos dice dónde está el límite de una sociedad para producir determinados bienes o servicios. En función de este límite, entonces, se pueden dar tres situaciones en la estructura productiva:
 

  • Estructura productiva ineficiente: Cuando se encuentra por debajo de la FPP, es decir, no se utilizan todos los recursos o bien la tecnología no es la adecuada (recursos ociosos o tecnología mejorable).
  • Estructura productiva eficiente: Se sitúa frente la frontera o muy cercana a ella. No hay recursos ociosos y se está utilizando la mejor tecnología.
  • Estructura productiva inalcanzable: Se encuentra por encima de las posibilidades de producción.

 
Muy interesante pero… ¿qué tiene que ver esto con el Autoliderazgo? Yo creo que mucho.
 
Hace poco tiempo leí una frase que me impactó muy positivamente, que dice: “Cuanto más nos forzamos a trabajar al límite de nuestras capacidades, tanto más se expandirán”. Es algo así como ampliar nuestra FPP: si me fuerzo sistemáticamente a hacer aquellas cosas que me generan un desafío, que se encuentran por encima del límite de lo que me siento capaz de hacer, ese nuevo lugar en el que estaré trabajando va a pasar a ser mi nuevo estándar, va a pasar a ser “lo normal”. Y grandes cosas suceden en nuestra vida cuando superamos en forma permanente el límite de lo que para nosotros era lo normal.
 
Ahora, al igual que en la Macroeconomía, estos cambios son más fáciles de decir que de hacer. No hay ninguna duda de eso; ingenuo sería negarlo. Pero creo que en ambos casos la solución es la misma: invertir.
 
Si quiero producir más bienes en una sociedad, tendré que invertir para no tener recursos ociosos o para mejorar la tecnología. Estos eran los dos limitantes que nos situaban en una estructura productiva ineficiente. Y en nuestra vida ocurre lo mismo: para actuar con mayor eficiencia, tendré que invertir en expandir mis límites. Tendré que invertir tiempo, esfuerzo, disciplina y, sobre todo, tendré que invertir valor. ¿Por qué?
 

  • Tendré que invertir tiempo porque ningún cambio llega solo. Es normal sentir incomodidad al hacer las cosas de un modo distinto al que estábamos habituados. Pero si no cambio mis formas, ¿cómo voy a obtener resultados distintos? Einstein decía que uno no puede esperar resultados diferentes haciendo siempre lo mismo. Creo que tenía razón. Y todo cambio lleva por lo menos 30 días en transformarse en un nuevo hábito. Así que tiempo es lo primero que deberemos invertir.
  • También tendremos que destinar esfuerzo a nuestra causa. Combatir la incomodidad de lo nuevo es demandante, requiere que nos adaptemos y todos nos sentimos cómodos en nuestra zona de confort. Para dejarla, una cuota de esfuerzo es innegociable.
  • Disciplina. Disciplina es estar dispuesto a renunciar a un placer de corto plazo a cambio de una satisfacción a largo plazo. Quien es esclavo de sus impulsos, seguramente no logre superarse.
  • Y finalmente, aunque no por eso menos importante, tendremos que invertir valor. ¿Qué otro atributo puede ser más importante para forzarse a sí mismo a hacer aquello que le resulta incómodo y difícil?

 
Entonces, si queremos superarnos y hacer de este año 2013 un año memorable, un año de éxitos, la Macroeconomía tiene algo para enseñarnos. No sé si es el único camino, pero estoy convencido que cuando uno hace cosas buenas por sí mismo, otras cosas buenas comienzan a suceder como por arte de magia.
 
El lograrlo está en uno. Solo demanda una pequeña inversión de cuatro elementos: tiempo, esfuerzo, disciplina y valor. Estén seguros de que el precio siempre será menor que el arrepentimiento de no haberlo intentado.
 
¿Te gustó? ¿Te sirvió? ¡Compartilo!
 

 

 

Autoridad vs. Poder

En este, uno de los últimos posts del año, nos gustaría compartir el primero de lo que esperamos sea una larga colección de Podcasts.
 
En esta oportunidad, Rodolfo Nabhen, socio de Nabhen & Co, comenta las diferencias que ha evidenciado a lo largo de su larga trayectoria como profesional de los Recursos Humanos, entre aquellos líderes que conducen a sus equipos poniendo en foco en el uso del poder y aquellos que lo hacen centrándose en la generación de autoridad. Las diferencias son notorias. Y la performance de sus equipos… también.
 


 
Esperamos que hayan disfrutado de este breve audio y si lo encontraron de utilidad… ¡no dejen de compartirlo!
 

 

 

Todos Queremos Ser Jóvenes

Compartimos otro gran video que nos ayuda a comprender la Diversidad Generacional imperante en el ámbito laboral. Y lo que es más importante aún, nos ayuda a entender los cambios que se están dando en el mundo gracias a la participación, cada vez más destacada, de los más jóvenes.
 


 
¿Te gustó? ¿Te sirvió? ¡Compartilo!
 

 

 

Diversidad Generacional… hecha simple

No hemos podido encontrar un video que explique mejor (y con más onda) las diferencias entre las Generaciones que conviven hoy en el ámbito laboral. ¡Excelente material para compartir en una capacitación sobre Diversidad Generacional!
 

 
¿Te gustó? ¿Te sirvió? ¡Compartilo!
 

 

 

El Poder De Los Buenos Hábitos

¡Mañana empiezo la dieta!
(Y al final no pude contener las ganas de comerme esa humeante porción de pizza cuando pasé por la puerta de Las Cuartetas)

¡Quedate tranquila, Má! En Diciembre me pongo las pilas y apruebo todas las materias…
(Y el chico pasó de año con lo justo durante los primeros días de Marzo)

¡Yo tengo códigos, viejo! Cuando me case corto inmediatamente con este descontrol… después del casorio no da.
(Y a poco de volver de la luna de miel acariciaba con nostalgia el parche, el garfio y la pata de palo…)

 
Es gracioso como, de un modo u otro, todos estamos familiarizados con situaciones como estas. Quizás porque las vivimos en primera persona, quizás porque tenemos algún conocido a quien le escuchamos decir cosas similares.
 
Lo cierto es que, sin entrar a hacer juicios de valor sobre estos ejemplos, todos tienen un origen común: los hábitos. En todos los casos el protagonista cree que con su voluntad es suficiente para abandonar una conducta y pasar tener otra en forma casi instantánea… pero lo cierto es que todo hábito (virtuoso o vicioso) es muy difícil de quebrar.
 
Es por esta razón que, dado que es inevitable que los seres humanos nos formemos hábitos en nuestro diario vivir, al tener la posibilidad de elegir es mejor inclinarnos por los buenos hábitos. Lo que es bueno y lo que es malo depende de cada persona, no está en nosotros juzgarlo. Incluso los ejemplos anteriores podrían leerse como expresiones de buenos hábitos, dependiendo de cuáles sean nuestras prioridades y nuestros modelos mentales. Por lo tanto, un hábito no es bueno o malo per sé, sino que dependerá de si está alineado o no con nuestra escala de valores y de si nos conduce o no hacia los objetivos que nos planteemos.
 
Entonces, si asumimos que nos conviene tener buenos hábitos… ¿cómo debería hacer para formarme uno? La mejor forma que conozco de hacerlo es a través de la repetición voluntaria y permanente de pequeñas acciones e ir incrementando la exigencia hasta llegar al nivel que quiero alcanzar. Si, por ejemplo, deseo comenzar a levantarme a las 5:00 AM, sería suicida comenzar a poner todos los días el despertador a esa hora y pretender no sufrir consecuencias devastadoras sobre mi estado de ánimo y mi energía física. Lo aconsejable sería comenzar con un período incremental de exigencia hasta alcanzar esa meta. Así podría comenzar levantándome a las 7:00 AM durante una semana. Levantarme media hora más temprano (a las 6:30 AM) durante la siguiente semana y así sucesivamente hasta alcanzar mi meta. Quizás parezca difícil, pero de un paso por vez se hace bastante llevadero.
 
Una aclaración importante: está comprobado que incorporar un nuevo hábito, sea cual sea su naturaleza, toma entre 30 y 40 días de práctica permanente. Tener traspiés o sentir cierto malestar durante los primeros días no es para preocuparse… de hecho, es absolutamente normal. Lo importante es seguir en la línea que elegimos para lograr vencer esa resistencia inicial y convertir el nuevo hábito en una parte esencial de nuestra conducta.
 
Ahora bien, a pesar de todo… ¿por qué debería incorporar buenos hábitos a mi vida? El escéptico se preguntará si es realmente tan determinante. Y la respuesta es un rotundo sí. La mayor diferencia entre las personas que tienen éxito y las que fracasan son sus hábitos. No importa qué sea tener éxito para cada uno: para algunos será tener un estado físico excelente, para otros será formar una familia, para otros será lograr un determinado reconocimiento social o ganar mucho dinero… hay tantas definiciones de éxito como personas en esta Tierra. Pero lo que es seguro es que aquellos que lograron cumplir sus deseos no lo hicieron por obra de la suerte o de simples coincidencias. Alcanzaron el éxito como consecuencia de acciones permanentes y dirigidas a ese objetivo que se propusieron. Es decir, alcanzaron el éxito gracias a sus buenos hábitos.
 
Por eso propongámonos instaurar buenos hábitos en nuestra vida. Les aseguro que el precio que paguemos por adoptarlos será siempre mucho menor que el arrepentimiento de no haberlo intentado.
 

 

Ese Pequeño Sobresfuerzo

A veces nos preguntamos cómo hay gente que consigue en su vida cosas que a nosotros mismos nos gustaría conseguir pero no sabemos cómo. O creemos que otros tienen más suerte porque atravesaron menos obstáculos que nosotros… “La tuvieron más fácil”, “Papá le debió pagar el posgrado en el exterior”, “Sentado en esa billetera yo también monto una empresa como esa”, “Seguro que no tiene que llevar todos los días a sus chicos al colegio”, decimos.
 
Lo cierto es que, si bien algunas personas transitan un camino menos accidentado para alcanzar el éxito en sus profesiones y en su vida, todos podemos lograr aquello que nos proponemos si hacemos un pequeño sobresfuerzo. Es cierto lo que reza la vieja máxima: “Cualquiera puede llegar a la cima, aunque ayuda mucho haber nacido alto”.
 
Pero lo que el contexto no da, puede ser compensado por nuestras acciones concretas y nuestra actitud para enfrentar los obstáculos.
 
Podemos lograr casi cualquier cosa que nos propongamos si ponemos en ello el esfuerzo necesario. Sin embargo, contrario a lo que muchos creen, no se trata de hacer sacrificios sobrehumanos sino que el secreto está en dar pequeños pasos hacia nuestro objetivo, sin prisa pero sin pausa. La naturaleza nos da un ejemplo muy concreto con la lluvia y el viento que, gradual e ininterrumpidamente erosionan una roca. De manera análoga podemos nosotros erosionar los obstáculos que nos separan de aquello que deseamos conseguir.
 
La pregunta que surge naturalmente al plantear esta cuestión es por qué, si es tan sencillo avanzar hacia nuestros objetivos, no hay más gente que lo hace. Y la respuesta es tan sencilla como la metodología propuesta: porque esta forma de actuar tiene un precio que no todos están dispuestos a pagar: la disciplina. Dar pequeños pasos demanda paciencia, constancia en nuestras acciones y confianza en que los grandes resultados solo pueden ser alcanzados a largo plazo, como consecuencia de nuestro permanente y hasta obsesivo foco en el objetivo. Si no estamos dispuestos a pagar el precio de ser disciplinados, difícilmente podamos cumplir nuestros sueños. Pero por el contrario, si aceptamos a la disciplina como condición sine qua non de todo gran triunfo, estén seguros de que los resultados superarán holgadamente todas sus expectativas.
 
¿Te gustó? ¿Te sirvió? ¡Compartilo!
 

 

 

10 Caminos Al El Éxito En Cualquier Proyecto

 
Compartimos 10 tips que, simples como se ven, conducen inevitablemente al éxito en cualquier empresa.
 

    1. Ser disciplinado en los pensamientos y en las acciones, manteniendo por sobre todo un fuerte compromiso con los demás y con uno mismo.
    2. Ser optimista, aferrándose al poder que tenemos de conseguir a través de nuestras acciones resultados positivos, más allá de las dificultades que puedan surgir.
    3. Tomar la iniciativa, dando siempre más de lo que es necesario… antes de que sea necesario.
    4. Dar lo mejor de uno mismo en cualquier empresa.
    5. Ejercitar la inventiva, usando la creatividad y la imaginación para superar obstáculos y crear soluciones valiosas.
    6. Preocuparse por (y ocuparse de) nuestro prójimo, usando todos nuestros recursos y habilidad con el fin de dejarlo mejor de lo que lo encontramos.
    7. Ser determinado, sin rendirnos o entregarnos antes las adversidades y perseverando en la búsqueda de grandes objetivos.
    8. Ser considerado de los sentimientos ajenos, teniendo conciencia que todos pasamos por momentos de dificultad en nuestra vida.
    9. Escuchar lo que otros tienen para decir más que hablar de uno mismo. Por algo se nos dieron dos oídos y una sola boca.
    10. Liderar con el ejemplo, tratando siempre de inspirar al prójimo con nuestras acciones.

 

Tres Características Para Ser Un Líder Exitoso

Existen distintos tipos de liderazgo y cada uno se manifestará con aquel que más se asemeje a su personalidad. No obstante, hay tres características que no pueden faltar en ningún líder que desee dejar una huella en las vidas de los miembros de su equipo. Ellas son:
 
Ser Confiable
 
Ser confiable a los ojos de los demás es un gran desafío, ya que la confianza se debilita al menor descuido. Es muy difícil construirla y muy fácil perderla. Para generar confianza, debemos valernos de cuatro elementos:
 

    1. La Sinceridad: esta no es ni más ni menos que materializar en acciones lo que decimos con las palabras. Si hay una coincidencia entre lo que decimos y lo que finalmente hacemos, seremos confiables.
    2. La Competencia: ser competente es tener las habilidades y los conocimientos necesarios para cumplir satisfactoriamente con lo que se ha declarado cumplir.
    3. La Responsabilidad: los demás nos juzgan como personas confiables cuando construimos una trayectoria de cumplimiento de nuestras promesas.
    4. El Involucramiento: decimos que una persona está involucrada cuando sentimos que le importa lo que a nosotros nos importa y recibimos de ella la atención que esperamos.

 
Cuando uno, en su rol de líder, demuestra estos cuatro atributos, necesariamente será percibido como alguien Confiable.
 
Ser Respetuoso
 
Ser respetuoso no es lo mismo que tener buenos modales (aunque difícilmente podamos serlo sin ellos). El respecto parte de la clara conciencia y del sentir que, si bien todos los seres humanos somos diferentes, todos cumplimos un rol fundamental para el desarrollo de nuestra organización y de la sociedad en su conjunto.
 
Estaré respetando a otra persona sí y sólo sí la considero un ser igual de válido que yo mismo y con total derecho a pensar diferente.
 
Ser Justo (o intentar serlo)
 
Una persona será justa cuando entregue a cada uno lo que le corresponde, en función de sus meritos o contribuciones y prescindiendo de todo favoritismo o simpatía personal. El líder que no es justo, provocará divisiones y resentimientos entre los miembros de su equipo.
 
Sin embargo, como dijo Jaime Maristany en su libro Empleos y Desarrollo de Personal: “notablemente el personal reacciona favorablemente toda vez que la dirección demuestra su intención de ser equitativa…”.
 
Esto quiere decir que la justicia es un concepto tan subjetivo que muchas veces, aún teniendo la intención de ser justos, no lo podremos lograr. Pero el sólo hecho de intentar serlo es suficiente para que nuestros colaboradores valoren nuestra actitud.
 
De esta manera, si como líderes predicamos estos tres elementos (Confiabilidad, Respeto y Justicia) vamos a lograr conducir a nuestra gente con autoridad más que con poder y nos vamos a sorprender de los resultados que somos capaces de alcanzar.
 

¿Trampeamos Lo Suficiente?

Esta es una de las principales preguntas que se hace Dar Ariely (@danariely), profesor de Behavioral Economics de la Universidad de Duke, Estados Unidos, en su excelente obra The (Honest) Truth About Dishonesty.
 

 
Las conclusiones a las que llega el Prof. Ariely, según las cuales parecería demostrarse que el ser humano promedio es más honesto de lo que podría serlo, se contrastan con los motivos que nos llevan a hacer trampa en cuanto se nos presenta la oportunidad. Mientras estudios previos a este libro nos conducían a creer que las personas actuamos sólo por una ecuación costo-beneficio (o en términos de engaño, una ecuación ganancia-castigo potencial), los distintos experimentos que se condujeron demostraron que todos nos debatimos pendularmente entre dos fuertes inclinaciones:

    1. La necesidad de mostrarnos a otros y vernos a nosotros mismos como personas honorables, sinceras, honestas y honradas.
    2. La necesidad de maximizar nuestro beneficio en los distintos ámbitos de nuestra vida.

Pero… ¿cuál tira más ante una situación de conflicto de intereses? ¿Por qué algunas personas tienen mayor propensión a satisfacer la primera necesidad y otras la segunda?
 
Responder a estas preguntas en este post sería como contarles el final de una buena película. Es mejor que lo averigüen por ustedes mismos leyendo esta obra maestra del comportamiento humano. Sin embargo, a modo de adelanto, vamos a compartir algunas de las conclusiones a la que se arribó. ¡Qué las disfruten!
 

    1. Las personas nos sentimos más cómodas actuando deshonestamente cuantos más eslabones o elementos nos distancien del acto deshonesto en sí. Esta máxima se comprobó de diversas maneras, pero una de ellas fue poniendo en una heladera comunitaria USD 20 en billetes de USD 1 y el mismo valor en botellas de gaseosa. ¿El resultado? Con el correr de los días todas las botellas desaparecieron (la gente las tomó sin que les pertenecieran) mientras que no faltó ni uno solo de los billetes. Robar una gaseosa de una heladera parecería ser mucho menos grave que robar su equivalente en dinero…
    2. La trampa se puede propagar como un germen. Cuando las personas accionan en forma reñida con la ética, tienden a inducir a otras personas cercanas a “beneficiarse” con la misma acción. De este modo, si varios se benefician con lo mismo, la acción parece no revestir tanta gravedad. Una gran forma de autojustificarse. Pensemos si una máquina expendedora de golosinas funciona mal y nos devuelve, además de la golosina, nuestro dinero. ¿No le diremos a algún amigo que aproveche esta oportunidad única? Al fin y al cabo… ¿quién no perdió alguna vez dinero en una máquina expendedora? Sería como una “compensación”. Precisamente esto fue lo que se comprobó en otro de los experimentos.
    3. La trampa tiene un alto componente altruista. A través de distintas pruebas de campo, Dan Ariely demostró que cuando creemos que beneficiamos a otro con nuestro turbio accionar, las personas tendemos a justificar nuestros actos. Pensemos cuando un equipo de auditores externos acepta el “maquillaje” de un balance en “beneficio” de los accionistas de la empresa, de su propia consultora (que debe mantener feliz a su cliente) y de sí mismos (por las eventuales gratificaciones que puedan recibir por su “excelente” labor).
    4. Usar artículos “truchos” potencia el comportamiento deshonesto. A través de una serie de experimentos con anteojos de sol marca Prada (todos ellos originales), se pidió a un grupo de gente que completara un ejercicio numérico en el cual se dejaba abierta la posibilidad de mentir en la cantidad de respuestas correctas. Lo que se demostró es que aquellas personas a quienes se les dijo que los anteojos no eran auténticos, tuvieron un índice de trampa muy superior a quienes creían utilizar los Prada originales. De la misma manera, se comprobó que cuando comenzamos a violar nuestros estándares de conducta ética (por ejemplo, utilizando productos que no son originales), tendemos a reincidir en otros ámbitos y, peor aún, tendemos a aceptar la trampa en otras personas.